martes, 23 de agosto de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
Mario Reyes y su lado sensible
En medio de una universidad escandalosamente tensionada por el abuso de poder de las autoridades policiales, en medio de la dura exigencia (coherente o no) que representa estudiar licenciatura en español y literatura en la UIS, aún quedan personas que reciban a los profesores con una sonrisa, cuando empieza una clase. Con comentarios desinteresados, más encaminados hacia el ambiente jovial que hacia una validación académica, Mario Reyes normalmente recibe a los docentes. Y ellos no siempre responden con el mismo entusiasmo, pero tal vez porque ignoran muchas facetas de este estudiante.
A pocos meses de cumplir un cuarto siglo, Mario sabe que su aspecto físico revela alguna información sobre sí: su calzado deportivo, sus eventuales pantalonetas y los equipos de fútbol de sus camisetas nos llevan a pensar que se trata de un joven deportista, si no amante, por lo menos seguidor del fútbol. No mucha gente imaginaría que se trata de un practicante de ciclo montañismo, aunque es de esperarse. Las que no son de esperarse son algunas facetas que Mario reconoce que no son evidentes en su apariencia física. Por ejemplo, su sensibilidad hacia la música. No muchas personas saben que Mario interpreta el piano, y que, junto a un familiar, hizo parte de una agrupación especializada en serenatas. No mucha gente ha visto a Mario tocando “Corazón de niño”, su obra favorita, en el piano.
El aspecto físico, en resumen, no nos puede decir casi nada sobre una persona. Otro argumento para esto es que nadie va a imaginar, tras echar un vistazo a Mario, que él es un amante de los perros y que se apasiona contando la historia de Sacha, su perrita Pit bull. Era una cachorrita cuando él, en el 2001, con dinero de sus propios ahorros, la compró. Y con sus propios ahorros le compró el alimento, hasta que Sacha se hizo un fuerte animal; que un día, tras recibir un regaño de su amo, le mordió la cara a éste, dejándole una cicatriz en la zona del bigote. “Desde ahí les cogí respeto a los Pit bull”, cuenta Mario afectado.
Mario sabe que se tiene de él una imagen de hombre mujeriego. Pero “solamente compagino muy bien con las mujeres”, es la explicación que da él mismo. Y la verdad es que ya van más de cuatro años, desde que empezó su seria y amorosa relación actual.
Mario no se auto-describe sin mencionar que le encantan los videojuegos, y no duda en hablar de la admiración que siente por Mercedes, su madre, jubilada del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. No duda en reconocer que los momentos más penosos de su vida fueron aquellas épocas en que estresaba a su mamá porque figuraban como perdidas las asignaturas del colegio. Pero aquí no importa el desempeño académico. Lo que importa es que existe un Mario detrás de la imagen que sus conocidos no tan cercanos tenemos de él.
Crónica de algo que nunca había presenciado
El 4 de agosto de 2011 presencié un escenario que nunca antes había tenido lugar en la Universidad industrial de Santander. Era el cuarto día de aplicación de las nuevas medidas de seguridad, procuradas por el consejo directivo de la universidad en coordinación con el ministerio de defensa y del interior. Iban a ser las doce del día y los integrantes del escuadrón anti-disturbios agredieron de manera indiscreta al estudiantado. Afortunadamente no hubo muertos.
Supe que un compañero de ingeniería mecánica tuvo un capítulo terrorífico una tarde en que se había desatado el tropel en la universidad. Él estaba dándole leche a algunos encapuchados y gritaba con odio a los policías, cuando uno de estos lo sorprendió por detrás, bloqueándolo en el piso para encerrarlo en una patrulla y allí propinarle una golpiza que lo dejó en clínica varios días. Pero nunca había sabido de una ocasión en la que el ESMAD hiciera tan evidente la falta de legitimidad que sufren las instituciones bélicas de Colombia.
Ese jueves 4 de agosto no fue necesario ningún pretexto para el proceder violento de los policías y tampoco fueron cautelosos en ocultar sus acciones. Yo y un par de miles de estudiantes más íbamos en nuestra rutina habitual a buscar el almuerzo, sin estar encapuchados, sin arrojar nada a los policías y sin siquiera mostrar simpatía o apoyo por el tropel; pero el paso estaba obstruido por veinte o treinta agentes del ESMAD, formados en posición de guardia, en toda la zona que rodea la portería al interior de la universidad. Vino la incertidumbre, pero duró poco, pues el estruendo de dos granadas de aturdimiento, acompañado por varios gases lacrimógenos disparados atrás y adelante del grupo de estudiantes, transformaron todo en un caos gobernado por el miedo.
Supe de tres estudiantes que fueron heridos en ese momento: dos, en las piernas, y uno, en la espalda, al parecer, por fragmentos que despedían las granadas al explotar. Pero es muy difícil saber cuántos heridos hubo realmente, o si en esta ocasión hubo estudiantes encerrados en la patrulla o la tanqueta de la policía; en cuanto hubo las explosiones, el estudiantado se hizo una estampida y los gases generaban un ardor fuerte en la piel y en los ojos, que impedía casi totalmente la visión. Gente con cara de llanto corría por todos lados, como en un cuadro dantesco.
A tres días de celebrar las fiestas patrias, que conmemoran la rebelión de un pueblo a su estado español, centenares de estudiantes eran intimidados por las fuerzas policiales del estado colombiano. Es supuesto que las armas que usan los escuadrones anti-disturbios están diseñadas para no herir a las personas, sino dispersar multitudes solamente. Y usar armas no convencionales es una violación del derecho internacional humanitario. Pero parece ser que los uniformados hacen adecuaciones para que sus detonaciones sí puedan causar daños graves. De hecho, hay investigaciones que así lo demuestran: las bombas y gases son "recalzados" con canicas, puntillas y material cortante. Yo soy testigo de haber visto una canica despedida del lugar donde cayó una de las bombas de aturdimiento ese 4 de agosto; incluso la guardé en mi bolsillo, de recuerdo.
Supe que hubo un estudiante en Bogotá que murió porque una de estas canicas se le insertó por un ojo. Afortunadamente eso todavía no lo he presenciado, pero he de reiterar que es la primera vez que veo, con mis propios ojos, a los encargados de la seguridad haciendo del espacio público algo inseguro.
Mi primera vez en sala de urgencias
Eran las diez de la mañana cuando mi mamá y mi hermana salieron a hacer diligencias un sábado de julio de 2011. Yo quedé solo en el apartamento y fue en ese momento cuando, por iniciar un juego con sacha, la perra de la casa, tuve un accidente tonto, irónico y doloroso: iba a dar un salto para pasar sobre sacha, pero golpeé el seibó fuertemente con el pie. Era natural que me quedara el dolor después del golpe, y yo no pensaba darle mucha importancia. Pero después llegaron mi mamá y mi hermana, luego mi novia, y a la hora del almuerzo me persuadieron de que fuera a urgencias, para revisar que no haya habido una fractura, porque, de ser así, podría complicarse.
A las dos de la tarde, acompañado por mi novia y solo un zapato, estaba yo esperando mi turno para pasar al "Triage" de a la sala de urgencias de FOSCAL. Era la primera vez que iba a una cita por urgencias. Mi mamá me dijo que exagerara un poco el dolor para que me atendieran mejor, y yo caminaba cojo, pero sin tener que actuar, porque después del accidente había comenzado a doler cada vez más. El dedo del golpe, el meñique, era de los colores más bajos en la escala que va del violeta al negro. En la parte de encima era morado y por debajo parecía carne muerta.
A eso de las tres y cuarto, pasé al Triage. Es una consulta ligera en la que una enfermera hace una valoración de clasificación. Ella toma signos vitales y pregunta por el motivo de la consulta, para así, con unos criterios del computador, clasificar al paciente en la prioridad con que va a ser atendido. Me puso la manilla que indicaba qué tan urgente era mi urgencia, así que tenía un nuevo turno bastante lejano, porque no era nada grave, comparado a ciertas tragedias personales que se remiten a este escenario.
A las seis de la tarde, traté de distraerme mirando por la puerta de la sala. Llegó una ambulancia que traía un señor herido, y así me di cuenta de que las urgencias graves eran atendidas en otra parte; no era que ese sábado en particular no hubiera accidentes fuertes. Comenzaba a ser de noche y era como si mi paciencia funcionara con energía solar. Pensaba en las posibilidades de que no tuviera una fractura y que todo el día fuera una pérdida de tiempo. No solo por mí, sino que también habría hecho perder el día a mi novia.
Casi a las siete de la noche fui atendido por una practicante de la UNAB. Allí me remitieron a inyectología y a rayos x. En la primera me aplicaron algo para el dolor y en la segunda se suponía que me iban a tomar una radiografía para determinar si había una fractura o no. Entonces había que esperar en una sala donde no había sillas para sentarse y tampoco podían llevarse acompañantes. Allí tuve un pequeño ataque de desespero y quise irme para mi casa, porque yo creía que no había fractura alguna, y que era una pérdida de tiempo, pero, para poder salir, había que firmar una constancia en una ventanilla que nadie atendía. Así que tenía que esperar.
A las nueve tomaron la radiografía, en una sala que era compartida con los que esperaban al quirófano. Algunos con heridas y mucha sangre, otros muy serenos, pero todos con caras de dolor y angustia. El padecimiento de los demás me hacía sentir ridículo por mi desespero. Aunque también justificaban mi moción de irme para la casa: estaba quitándole el espacio y el turno a personas que realmente estaban en una urgencia.
A las diez de la noche todavía no había salido el resultado de la radiografía. Yo estaba al lado de una hilera de camillas y, en una de ellas, un muchacho gritaba el nombre de su compañera, dos camillas más adelante, que le respondía "aquí estoy" y trataba de sentarse, pero una enfermera se lo impedía. Era ver a las personas en una de sus facetas más íntimas, en unas circunstancias en las que poco importaban el pudor por la desnudez o el recato de no llorar o gritar groserías. Yo fui a la sala donde estaba mi novia, allí me calmé un poco y me puse a pensar. Entonces reflexioné sobre lo terriblemente anti-ético que sería inmiscuirse en ese escenario solamente como mirón. Qué insensato sería buscar material de narración allí, así fuera con fines periodísticos o por el ejercicio de escribir.
A las once de la noche no había esperanzas de ver al ortopedista para que interpretara la radiografía y diagnosticara lo que había que hacer con mi dedo meñique del pie. Una enfermera dijo que él se iba a las once. Ya, exhaustos de no de no hacer nada en todo el día, mi novia y yo nos resignábamos a irnos de ahí para volver al día siguiente, pero apareció de repente una auxiliar que nos dijo que en diez minutos venía el especialista, que él ya tenía mi radiografía. Esos diez minutos obviamente se trataban de más tiempo, pero ya hacía un rato nos habíamos entregado a la filosofía del "ya esperamos lo más..."
Fue hasta las once y media que el ortopedista aparecíó. Me dijo que sí había una fractura, efectivamente; me formuló fármacos para el dolor y me dio una orden para pedir una cita de control en un mes. El dedo en cuestión se curaría solo; no le hicieron nada: ni lo inmobilizaron ni lo operaron ni nada; lo dejaron exactamente como si no hubiera estado casi diez horas en la sala espera de urgencias.
Primera crónica del curso de didáctica II
El 6/8 y la crónica: crónica de un crónica
En algún lugar de la cancha, de cuyos arcos no quiero acordarme, no ha mucho que escribí algo. Con el aliento a cenicero, la mirada ambigua y unos colegas poco más "rancios" que "parceros".
Pasados los quince de las ocho, púseme tenuemente "embalado" cuando el destino de las primeras dos horas del primer viernes del periodo académico se revelaba a mi saber. "Sí hubo didáctica". Las diez horas máximo y una crónica mínimo. Incertidumbre. Desconcierto. Y la voz de John Monsalve, que se alejaba rápido buscando salir del ayuno, pero no tan rápido para que el efecto doppler disipara su "¡toca entregársela en la oficinaaaa!".
Resuelta cuál era mi misión, trasmutando el "enchonche", como quien cambia sus pieles ya muy pesadas y viejas, me vi caminando por la gallera, con lozanía singular. Los pajarracos matitunos sincopaban mis pasos y el olor a tierra húmeda impregnaba mi mente con la jovialidad de un bambuco; pero la tarea, como una astilla académica incrustada en el espíritu, cambiaba mi rumba criolla por una silletería numerada y taquillada. ¡Pobre Luis A. Calvo! pobre personaje que sometió el placer de la músca a la tediosa academia. ¡Pobre Luis A. Calvo! Pobre auditorio pentagramado para el lucro.
Los inconformismos, víboras de la mente, pudiéronse superar para una crónica urgente. Pero el 6/8 persistía como saltos cadentes, y mi escrito narrativo resultó diferente. Pensé en el verso y redacté, de repente, lo sucedido esa mañana, con estilo incongruente.
sábado, 12 de febrero de 2011
Crónica "sobre" un avión
EN ESTA HOJA DICE:
Había una vez una hoja de papel que fue doblada en varias partes para hacer un avión. Era una hoja inocente que no sabía que el profesor de didáctica, con unas semanas de anticipación había propuesto el ejercicio de traer aviones de papel a la clase para reseñar en una crónica toda la experiencia.
Entonces la hoja compitió, en una mañana húmeda y lluviosa, por ser el avión del cuso de didáctica que mejor sobrevolara la cancha de softball de la universidad.
Lo malo es que la cancha estaba llena de barro y, al igual que esta humilde hoja, todos los aviones terminaron embarrados.
martes, 8 de febrero de 2011
Percepción estática del impacto lumínico en la superficie de Juancho Villa
Mi amigo Selim, a través de su celular, miraba miles de fotones. Y con sólo oprimir "obturar" se congeló todo un rectángulo de sensaciones, logrando al pasado viajar. La especie humana y sus dones...
Lo bueno de las fotos es que disimulan el guayabo, porque en ellas no sale el caminado ni el tufo. Sírvase de ejemplo el personaje aquí observado, que parece tan solo un inocente gafufo. Con el cabello largo y espalda jorobada estaba este primíparo en la universidad. Muy soberbio, con la ceja levantada, pero con una sonrisa de verdadera amistad. Era un sábado de examen matutino y ese viernes había tomado unos tragos, así que el salón me olía a vino y mis respuestas causaron estragos.
En la foto aparezco sentado con soltura, en una silla que queda yendo hacia la gallera. Acababa de salir de una derrota muy dura, pero eso no hacía que mi sonrisa se fuera. Porque yo era rockero de cepa pura. A eso se debe el largo de mi cabellera, así como aquella camiseta oscura. Porque para mí ésa fue una era, en la que el negro era tan mío como mi estatura. Que si por los 1,90m. no me reconociera, yo era el de negro que no es guardaespaldas ni cura.
Ese sábado metí la pata, y en una materia que no era electiva. Por eso mi mamá casi me mata cuando vio la nota definitiva. Pero la foto es emocionalmente grata, aunque la luz es excesiva.
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