domingo, 21 de agosto de 2011

Mi primera vez en sala de urgencias

Eran las diez de la mañana cuando mi mamá y mi hermana salieron a hacer diligencias un sábado de julio de 2011. Yo quedé solo en el apartamento y fue en ese momento cuando, por iniciar un juego con sacha, la perra de la casa, tuve un accidente tonto, irónico y doloroso: iba a dar un salto para pasar sobre sacha, pero golpeé el seibó fuertemente con el pie. Era natural que me quedara el dolor después del golpe, y yo no pensaba darle mucha importancia. Pero después llegaron mi mamá y mi hermana, luego mi novia, y a la hora del almuerzo me persuadieron de que fuera a urgencias, para revisar que no haya habido una fractura, porque, de ser así, podría complicarse.

A las dos de la tarde, acompañado por mi novia y solo un zapato, estaba yo esperando mi turno para pasar al "Triage" de a la sala de urgencias de FOSCAL. Era la primera vez que iba a una cita por urgencias. Mi mamá me dijo que exagerara un poco el dolor para que me atendieran mejor, y yo caminaba cojo, pero sin tener que actuar, porque después del accidente había comenzado a doler cada vez más. El dedo del golpe, el meñique, era de los colores más bajos en la escala que va del violeta al negro. En la parte de encima era morado y por debajo parecía carne muerta. 

A eso de las tres y cuarto, pasé al Triage. Es una consulta ligera en la que una enfermera hace una valoración de clasificación. Ella toma signos vitales y pregunta por el motivo de la consulta, para así, con unos criterios del computador, clasificar al paciente en la prioridad con que va a ser atendido. Me puso la manilla que indicaba qué tan urgente era mi urgencia, así que tenía un nuevo turno bastante lejano, porque no era nada grave, comparado a ciertas tragedias personales que se remiten a este escenario.

A las seis de la tarde, traté de distraerme mirando por la puerta de la sala. Llegó una ambulancia que traía un señor herido, y así me di cuenta de que las urgencias graves eran atendidas en otra parte; no era que ese sábado en particular no hubiera accidentes fuertes. Comenzaba a ser de noche y era como si mi paciencia funcionara con energía solar. Pensaba en las posibilidades de que no tuviera una fractura y que todo el día fuera una pérdida de tiempo. No solo por mí, sino que también habría hecho perder el día a mi novia. 

Casi a las siete de la noche fui atendido por una practicante de la UNAB. Allí me remitieron a inyectología y a rayos x. En la primera me aplicaron algo para el dolor y en la segunda se suponía que me iban a tomar una radiografía para determinar si había una fractura o no. Entonces había que esperar en una sala donde no había sillas para sentarse y tampoco podían llevarse acompañantes. Allí tuve un pequeño ataque de desespero y quise irme para mi casa, porque yo creía que no había fractura alguna, y que era una pérdida de tiempo, pero, para poder salir, había que firmar una constancia en una ventanilla que nadie atendía. Así que tenía que esperar.

A las nueve tomaron la radiografía, en una sala que era compartida con los que esperaban al quirófano. Algunos con heridas y mucha sangre, otros muy serenos, pero todos con caras de dolor y angustia. El padecimiento de los demás me hacía sentir ridículo por mi desespero. Aunque también justificaban mi moción de irme para la casa: estaba quitándole el espacio y el turno a personas que realmente estaban en una urgencia.

A las diez de la noche todavía no había salido el resultado de la radiografía. Yo estaba al lado de una hilera de camillas y, en una de ellas, un muchacho gritaba el nombre de su compañera, dos camillas más adelante, que le respondía "aquí estoy" y trataba de sentarse, pero una enfermera se lo impedía. Era ver a las personas en una de sus facetas más íntimas, en unas circunstancias en las que poco importaban el pudor por la desnudez o el recato de no llorar o gritar groserías. Yo fui a la sala donde estaba mi novia, allí me calmé un poco y me puse a pensar. Entonces reflexioné sobre lo terriblemente anti-ético que sería inmiscuirse en ese escenario solamente como mirón. Qué insensato sería buscar material de narración allí, así fuera con fines periodísticos o por el ejercicio de escribir.

A las once de la noche no había esperanzas de ver al ortopedista para que interpretara la radiografía y diagnosticara lo que había que hacer con mi dedo meñique del pie. Una enfermera dijo que él se iba a las once. Ya, exhaustos de no de no hacer nada en todo el día, mi novia y yo nos resignábamos a irnos de ahí para volver al día siguiente, pero apareció de repente una auxiliar que nos dijo que en diez minutos venía el especialista, que él ya tenía mi radiografía. Esos diez minutos obviamente se trataban de más tiempo, pero ya hacía un rato nos habíamos entregado a la filosofía del "ya esperamos lo más..."

Fue hasta las once y media que el ortopedista aparecíó. Me dijo que sí había una fractura, efectivamente; me formuló fármacos para el dolor y me dio una orden para pedir una cita de control en un mes. El dedo en cuestión se curaría solo; no le hicieron nada: ni lo inmobilizaron ni lo operaron ni nada; lo dejaron exactamente como si no hubiera estado casi diez horas en la sala espera de urgencias.

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