lunes, 22 de noviembre de 2010

Juanito

     El título no dice nada. Juanito puede ser un personaje, un estudiante mediocre o un profesor revoltoso; puede ser una lectura en un tiempo y espacio determinados, puede ser una verbalización del autor, o hasta puede ser una palabra al azar; pero si hay que hablar sobre creación literaria como resolución de un problema, el título no dice nada porque el título es escrito después de que el autor ya conoce todo el universo de la obra. Realmente el primer párrafo lo dice todo.

     Lo digo porque tener la hoja totalmente vacía es lo más complicado. Por eso algunos adiestrados escritores se permiten interponer carencias de contenido con una que otra perspectiva inquisitiva hacia la nada a través de un discurso despampanante y modularmente inabarcable, pero totalmente vacío y diríase que carente de sentido antes de comenzar a escribir las líneas que, de toda su obra en sí, realmente pueden llegar a tener un valor de pertinencia para el lector, permitiéndole así al escritor un calificativo de ”leíble”.

     Juanito es uno de los nombres más recurrentes en los entretejidos narrativos normalmente conocidos como cuentos. Tantos cuentos como cuentistas se meten en este problema sin darse cuenta: puedo decir cuáles son las palabras que mejor habrán de ir encadenadas en el resto de este texto, y me siento ciertamente maravillado de que ya no estoy descansando de ensamblar palabras, sino que estoy ensamblándolas. Pero la idea exacta de para qué comencé esto ya no la recuerdo, así como uno no recuerda los pensamientos de los últimos segundos entre descansar de dormir y dormir. Ya estoy en otro modo.

     Tapémosle los ojos a Juanito, ¡pero éste ve todavía! Y le pregunta a aquella que lo antecedió en origen: ¿puedo verte? Y ella le responde “puedes verme. Ya no estoy mudándome al aspecto con el que todas las personas del exterior me conocen”. 


     De esta manera Juanito comprende todo el peso de su antecesora. Comprende también las letras y las leyes de la física que hacen que el pensamitno se convierta en una manifestación material clasificable y estudiable por la gramática. Juanito a veces se siente joven. Si no es que a los niños normalmente se les diminutiviza, ¿qué otra cosa puede ser? Juanito se siente anciano si recordamos cuántos años llevamos pronunciando su nombre.

     Ya cuando juanito llega a tomar las riendas de su propia historia, ve más cerca que nunca su fin. Y por más esfuerzos que hace para dar cuenta de toda su carga conceptual a todas las personas despiertas, es fatidicamente seguro su final. Si escribes llanto como lluvia, ¿por qué no te vistes de Juanito, madre? ¿Por qué inventamos los signos si tú y yo no los necesitamos.?

      ¿Cómo se ve juanito al taparse los ojos? Seguramente se parezca más a ti si te lo imaginas durmiendo. 

DIBUJOS




Otoñecer

BIOGRAFÍA DEL SEBASTIÁN LECTOR Pt 4



Vida universitaria

No fue fácil escoger la carrera que quería hacer. En el colegio, muchos profesores y compañeros me sugerían que entrara a medicina, ya que el puntaje del examen de estado me alcanzaba. Pero yo ya había visto, con la experiencia de mi hermano, quien entonces estudiaba eso, que ésa era una carrera en la que había que memorizar muchísimas cosas y leer libros del volumen de tres directorios telefónicos juntos.

Yo en realidad quería estudiar algún arte, pero, en mi casa, la idea de que los artistas se mueren de hambre se me había incrustado en el cráneo. Y a pesar de ser melómano, haber pintado cuatro pequeños cuadros al óleo y participar en un grupo de MSN de poesía a los quince años, mi mente se encontraba en un nihilismo febril y despechado. Estaba seguro de que vivir de un trabajo apasionante, así como tener un don artístico que los demás no, eran fantasías adolescentes que se irían con los años de pagar facturas. Así que quería estudiar una carrera fácil; en la que no hubiera que leer mucho y cuya dificultad residiera en las matemáticas: una ingeniería.

Mi padrino es ingeniero civil, mi papá fue ingeniero civil, mi padrastro es ingeniero civil y yo era, en 2006,. estudiante de ingeniería civil de la Universidad Industrial de Santander. Y tal como lo había presupuestado, el esfuerzo para pasar las materias de esos tres semestres fue mínimo. Mis calificaciones no eran las mejores, pero podía darme el lujo de pasar todo el día en la entrada del auditorio, jugando "UNO" o parqués, mientras sabía de otras personas se pasaban tardes enteras estudiando en el hacinado centro de estudios y sus notas las tenían en "condicional".

En ese grupo de los que fueron primíparos de ingeniería civil conmigo, definitivamente no abundaba la lectura. Recuerdo que un compañero, en un "taller de lenguaje", donde había que aprenderse las normas ortográficas, sacó calificación negativa en un examen. Sacó -2,7 porque cada error ortográfico restaba una décima y él había tenido 72 errores en las dos páginas de evaluación.

Yo, en ese entonces, por no aburrirme en mis ratos libres, los cuales nunca compartía con mis compañeros de carrera, había comenzado a leer los libros de la hermosa colección de clásicos del "Círculo de lectores" que había en la casa de mi abuela. Eran unos tomos de lomos duros color café con garabatos dorados, de esos que no son tan viejos para tener las hojas quebradizas, pero sí son los suficientemente antiguos para guardar entre sus páginas un aroma particular, como de anaquel olvidado pero elegante, un aroma diríase que añejado como un vino, que incita a leer.

Solamente duré tres semestres en esa carrera. Por un lado, porque los compañeros se me hacían personas totalmente ajenas a mí, y sabía que en el futuro esto no cambiaría. Ésas serían el tipo de personas de las que me rodearía toda mi vida, en un trabajo tan absorbente social y emotivamente como el de un ingeniero. Por otra parte, me di cuenta de que la mayoría de ingenieros estaban destinados a ver desaparecer su creatividad, desvanecida con el peso de los largos años y el vicio de los largos pesos. Yo quería una carrera más humilde, que no exigiera tanto esfuerzo ni tanto tiempo, de manera que pudiera dedicarme paralelamente al arte, pero también tuviera algo de enriquecimiento simultáneo en la academia.

En 2007, tras la muerte de mi abuelo, yo me fui a vivir con mi abuela, quien, a pesar de no tener mucha afinidad con la filosofía o las estructuras profundas respondables de gran parte de la estética literaria, es una ávida lectora y tiene mucho tiempo para esta actividad, ya que es pensionada. Yo me considero afortunado de haber pasado un semestre sin estudiar, viviendo en el apartamento de ella, leyendo varias horas diarias o más bien varias horas nocturnas.En esta época leí las obras que más he disfrutado en mi vida. Recuerdo que pasé una noche en vela leyendo Crimen y Castigo y se me hacía cómico y extraño, porque nunca me había trasnochado estudiando o leyendo algo académico que revisaran al día siguiente. 

En esta época tuve que reprimir un sueño espontáneo que había surgido al visitar la ciudad de Medellín. Quería irme a vivir allá para estudiar artes plásticas en la universidad nacional, pero no hubo patrocinio. Hubo que tomar el camino más largo, pero por eso mejor, de la autodidáctica, así que comencé a pintar cuadros al óleo para la venta, aprendiendo por mi cuenta.

Finalmente empecé la licenciatura en español y literatura que estoy cursando en este momento. Una carrera que me imaginé que sería fácil porque los profesores que he tenido en mi vida nunca parecieron haber tenido que esforzarse para alcanzar su título.

Con el paso de los semestres me di cuenta de que el campo de la pedagogía sí es un terreno que exige horas y horas de esfuerzo mental en articulación de conceptos multidisciplinarios. Pero en el primer periodo académico, cuando conocí a mi nuevos y definitivos compañeros de carrera, aún estaba convencido de mi hipótesis. Y se confirmaba ante mis ojos cuando me daba cuenta del puntaje tan bajo que las pruebas de estado exigían para esta carrera y la correspondiente cantidad de personas que estaban matriculados en el programa solo por estudiar algo. Lo que fuera.

Ahora estaba en un universo perpendicular en el que las personas no huían de la lectura, sino que habían elegido la carrera que menos matemáticas tuviera. Había muchas personas que me recordaban a ese compañero de mi primer colegio que defendía las famosas inteligencias múltiples. Él decía que los literatos no tenían la inteligencia matemática de los ingenieros. Y varias personas de la licenciatura se aferraban a esta idea con airado menosprecio por los ingenieros tratando de proteger su autoestima intelectual. Yo no concebía a Borges en la cabeza de alguien que no entendiera teoría de conjuntos, pero las demás personas siempre son un universo autodelimitado e infinito a su vez, así que no había por qué ser despectivo.

Por supuesto, me imaginé que no todas las personas serían así. Que habría amantes de la buena literatura y personajes preocupados por la educación colombiana. Pero nunca me olvidaré de la orientadora de verdes ojos entre los churcos que le preguntaba a un compañero X ¿cuál es su mayor cualidad? y de éste respondiendo "que soy muy intelectual". La imagen de ese compañero X se volvió para mí el epítome de la docencia actual. 

Más tarde, en esa primera semana de clases, hubo un ejercicio en el que yo tuve que preguntarle a él por su autor favorito:

     -¿Cuál es su autor favorito, compañero X?

     -Kant
     -¿Por qué, compañero X?

     -Porque es muy poético, muy sentimental.

Y lo que finalmente consagró al compañero X como la síntesis de los educandos colombianos fue su respuesta en el momento de compartir la pregunta sobre el libro favorito. ¡"El anticristo", de Kant!

Yo estuve a punto de arrojar un comentario burlón, pero las caras del resto de compañeros solamente miraban mudas, algunas incluso asintiendo con las cejas levantadas en señal de beneplácito. Un chiste habría sido estéril. Y árido era el panorama lector que se veía en el curso.

Por cultura general, yo sabía que normalmente las cosas a las que uno se dedica en rigor académico, o aquellas que asume como su trabajo, se vuelven monótonas y pierden el encanto. Y las taxonomías de algún profesor paisa junto con las palabras tartamudas de cierto docente universitario que a la vez no era docente universitario, porque no tenía una Maestría, me llevaron a creer que estaba en lo cierto y que habría que considerar la literatura como un chivo expiatorio:

Si bien lo que a mí me interesaba era el arte, había que prescindir del goce en la literatura, para poder obtener de su disección una idea general de lo que hay dicho histórica y epistémicamente con respecto a la estética. Y de esa manera nutrirme para el campo de la pintura o lo demás.

Tan decepcionado estaba del deleite literario como Harry Haller lo estaba del placer de vivir. Y fue entonces cuando, igual que al personaje de Herman Hesse, El Lobo Estepario vino a mis manos por casualidad y se quedó allí varios meses. No podía hablar sobre otra cosa. Tal vez nunca había disfrutado tanto un libro. 

Luego de esta obra sucedió que el resto de lecturas me parecían muy pobres, pero finalmente, acogiendo algo de lo que pudiera enseñarme el libro, me entregué con mucha más sencillez a abordar el resto de manifestaciones estéticas que vinieran en adelante. Desde una tolerancia hacia el vallenato y el reggeton hasta una disposición mucho más entusiasta y receptiva hacia los cuentos que se trabajaron en la materia dictada por el profesor Saavedra (el segundo menos desatinado de la carrera, a mi juicio).

Sin importar que los respetados profesores fueran muchas veces una realización futura del compañero X, yo me he reconciliado con la literatura y en estos momentos aspiro ser parte de esa nueva generación que traslade las complejidades estéticas, materialistas y simbióticas del arte a las manifestaciones audiovisuales interactivas. Para demostrar que es un desperdicio de tiempo especializar el módulo del lenguaje en un montón de letras y sintagmas que ni siquiera pueden abarcar en tomos gruesos lo que una aplicación multimedia o una película pueden llevar a la mente del niño en cuestión de horas.






BIOGRAFÍA DEL SEBASTIÁN LECTOR Pt3


Bachillerato

De sexto a noveno grado estuve en la Fundación Colegio UIS. Allí siempre mantuve más o menos los mismos hábitos, o más bien ausencia de ellos, con respecto a la lectura. Los tres profesores de español que tuve fueron de mi desagrado, aunque los de ciencias sociales me parecían muy buenos. Rodrigo recreó la teoría evolucionista con pasión, de manera que para todos fue clara, y Mario Pérez fue el primer profesor fomentador de una postura crítica hacia la lectura que conocí en mi vida.

Gloria Amparo y Doris Escalante, de sexto y séptimo respectivamente, eran profesoras de español anticuadas. Viejas. Las dos, concibiendo aprendizaje como capacidad memorística, hacían la clase aburrida. La primera ponía todo el valor calificativo a detalles de forma (carteleras, toma de apuntes, presentación de trabajos) haciendo la materia “picha” para esos a los que la mamá les hacía las tareas. La segunda buscaba que recordáramos los sucesos de las narraciones que leíamos en textos literarios. Sus evaluaciones de texto literarios consistían en abrir el libro al azar, leer un pasaje y preguntar quién, dónde, cuándo y por qué lo dice.

Esta evaluación textual resultaba inconveniente para personas como yo, que esperaba, como en el caso de María, de Jorge Isaacs, que hubiera una versión cinematográfica para alquilarla y verla el día antes de la evaluación. Para completar, Doris era bastante subjetiva  en sus calificaciones y nunca me tuvo en buena estima por ser hermano de mi hermano, uno de los estudiantes más indisciplinados de su promoción, así que nunca tuve muy buenas calificaciones con ella.. 

Después, en noveno grado, tuve clases de español con un profesor llamado Jimmy Fortuna, que recuerdo que fue mi director de curso el año en que mi cupo en Fundación Colegio UIS fue cancelado. En ese año se trabajó Rayuela, de Cortázar. Y yo, como era de esperarse, no lo leí: tenía un montón de nombres en francés y con demasiada frecuencia me encontraba con que no entendía lo que leía, así que en las clases, que consistían en una socialización de los capítulos que semanalmente había que leer, yo me dedicaba a hacer chistes, burlas de lo que decía el profesor y a hablar con mis amigos (los cuales todavía son mi grupo más cercano de amigos). 

De la Fundación Colegio UIS, pasé al Seminario Conciliar San Pío X, de Floridablanca, donde los hábitos de lectura estaban mucho menos fomentados que en el anterior colegio. No había que esforzarse en leer ni someterse a la frustración de no hacerlo bien. Fue un descanso para mí, y vino seguido casualmente de que yo leyera en mis ratos libres La vida es Sueño, de Pedro Calderón de la Barca, libro que admito que comencé a leer porque lo citaban en una canción de Mago de Oz, que era uno de mis grupos musicales favoritos en ese entonces. 

Fue una época que vino a mí no como un barroco evangelista, sino como un renacimiento: el régimen religioso se hizo tan obstinante que comencé a sentir no solamente falta de fe sino fastidio por la interpretación mística cristiana. Así que las razón y las letras fueron una exaltación reaccionaria.  Entonces di con la lectura de mitología nórdica, por los grupos de Black Metal y textos sobre el satanismo y su discurso filosófico. El texto de Anton Lavey, que me pareció bastante lúcido mas no genial, me remitió a Nietszche y su obra “Así habló Zaratustra”. “Ahora he leído algo muy elevado”, así habló Sebastián a su corazón después de leer semejante obra.

Puede tomarse como un factor influyente en mi actitud un poco más pretenciosa de ese año el hecho de que la profesora de español era joven y bonita y resultaba inevitable querer llamar su atención de alguna manera. Encímesele que era un colegio de solo varones. En el país de los ciegos el tuerto es el rey y en el seminario yo era “el loco”. Distinguido por mi conducta excéntrica (con respecto a lo habitual en ese colegio) y mi calificaciones altas a pesar de ser del grupo de los más indisciplinados.

Por último, pasé de rodearme de solamente hombres a rodearme de un número altamente superior de estudiantes mujeres en el colegio Nuestra Señora del Pilar. Éramos cinco hombres, con casi quinientas compañeras en undécimo y cursamos un año en el que absolutamente todos los actos evaluativos de orden académico giraban alrededor de las preguntas tipo ICFES. La profesora de español, otra vez de edad avanzada, abordó el Quijote con nosotros, repartiendo la lectura de la obra en grupos, de tal manera que a cada uno le correspondía leer solamente de cinco a diez capítulos. También se trabajó una lista de autores reconocidos, de la cual yo escogí a Camilo José Cela, y su Familia de Pascual Duarte.

En este año sí leí los textos que el colegio sugería y algunos otros, como la Metamorfosis de Kafka. Además, comencé a escribir pequeños poemas que compartía en MSN Grupos con gente de países diferentes que tenía en común el Rock y el Metal. Toda una nueva actitud frente a la lectura que podría explicarse con la motivación de ser el alumno más destacado del salón, pero que yo no puedo negar que estuvo más vinculada con la aparición en mi vida de cierta rubia hija de cierto jazzista que hizo que mis gustos se volvieran más bohemios.


miércoles, 10 de noviembre de 2010

BIOGRAFÍA DEL SEBASTIÁN LECTOR Pt 2

Primaria

Después de pasar por kínder, continué en la Fundación Colegio UIS. Que ya no era el mismo limitado mundo de los años anteriores, sino un inmenso patio al que ahora tenía acceso, junto con dos canchas, un número altamente multiplicado de compañeros y la mala suerte de tener que estar sometido al rigor de Wilson Espíndola, el coordinador de disciplina que amenazaba con bajarle los pantalones en frente de todo el colegio a aquél que sorprendiera con la camisa por fuera.

Del agrado que siempre me causaron los profesores de matemáticas y de pensar ahora que a uno le agradan los profesores que le dictan las materias para las que uno es hábil, puedo deducir que siempre me incliné más hacia los números que hacia las letras. Leer era difícil y aunque Cecilia, mi profesora de primero y de tercero, era una señora muy paciente y comprensiva, nunca fui el mejor del salón leyendo.

 Para mí siempre fue un terror leer en voz alta. Tanto en las clases como en las novenas que celebran a fin de año. En el salón de clase ésta fue una actividad recurrente todos los años y recuerdo que siempre resultaba más agradable para todos que leyera el alumno que normalmente estaba en el cartón del mejor del mes. Ése mismo que todos los años izaba bandera por excelencia. Recuerdo que más adelante ese compañero y otro de perfil parecido me hicieron caer en cuenta de que, en la vida real, los nerds eran los mismos atletas, diferente al mundo de algunas series televisivas en que normalmente los unos eran diferentes y abusadores con respecto a los otros.

Así es que nunca vi las gafas como una contrariedad muy grande a la hora de desenvolverme en el mundo de primaria. Sin embargo se dio la oportunidad de someter mi irregular córnea a una intervención correctiva con láser, y a mis siete años, cursando segundo, solo para volver a las aulas prescindiendo de anteojos, me ausenté otro par de meses del martirio de tener que poner atención a los profesores ciencias sociales, español, ciencias naturales o ética hablando de cosas que ni siquiera podía recordar al acabar el día.

Cuando mi hermana menor cursaba primaria, yo le preguntaba qué había visto en las materias mencionadas el último mes, y al igual que yo en esa época, no sabe dar una idea exacta. Uno no se acuerda de lo que ha visto durante el día, mucho menos lo de un mes o un año. Pero era muy diferente cuando me preguntaban por matemáticas. Primero, tal vez las clases de matemáticas calaban mejor en mi memoria, teniendo en cuenta que me gustaban mucho y además ya tenía la autoconfianza de ser uno de los mejores del salón en ese asunto. Segundo, y esto tiene más de conjetura personal, las matemáticas y las ciencias naturales (biología y tal vez otras disciplinas clásicas de corte positivista) eran temas que se podían aislar en una definición, así fuera tautológica: estamos viendo la resta: la resta es lo inverso de la suma. La suma es lo inverso de la resta. Estamos viendo el inverso aditivo: es el que en realidad se suma cuando se cree restar.

Los temas de matemáticas se iban usando a medida de que se entendían, haciendo de lo venidero lo más complejo y a la vez una acumulación permanente de todo. De manera que uno no olvidaba nada, porque constantemente usaba los conceptos en pro de entender más relaciones lógicas. Era como jugar, que es lo que el intelecto de un niño más apetece.
En comparación, las otras materias eran como trabajar. Porque el juego se asocia más con recreación de la memoria o resolución de acertijos, y el trabajo está más connotado al uso no placentero de las competencias para resolver problemas materiales.

Esos meses de recuperación de la cirugía pude darme unas vacaciones de no lectura. Tenía uno que otro dolor de cabeza y era muy incómodo tener dos protectores en forma de ojos de mosca que impedían que me quitara bruscamente la comezón; pero estaba libre de la rigurosidad en la exigencia del orden, la incomodidad del uniforme y la petición de escribir nuestra propia condena dominical al momento de copiar del tablero la palabra “tarea”.
Recuerdo que era tedioso tener que revisar cada cuaderno con su correspondiente tarea. En primero fueron dos o tres los que había que mirar; pero en segundo el incremento de materias y de cuadernos fue dramático: pasaron a ser unos diez. Al principio me gustaba llevarlos todos. Luego me di cuenta de que cansaba mucho. Pero al final terminé llevándolos todos, otra vez, en ahorro de tener que mirar el horario.

Del cuarto grado solamente recuerdo que aún no podía leer fluidamente en voz alta, pero esto no me hacía sentir inferior, porque tenía otros méritos, como haber quedado de tercero en las olimpiadas departamentales de matemáticas que hacía la universidad Antonio Nariño. Sin embargo recuerdo muy claramente que en el colegio, en ese año ya había una división del salón en “rosquitas” (algunas se hacían llamar pandillas), cuya organización iba determinada por género (niños y niñas) y tenía una división por afinidades: deportistas y sedentarios; amantes de los tazos y amantes de hacer bromas. Grupos en los que de una u otra manera el nivel académico era una constante. Había dos grupitos muy diferentes en un mismo promedio de calificaciones y había casos de parejas o tríos en los que unos tenían mejores calificaciones que los otros, pero era muy general que todos los de la rosquita fueran más o menos del mismo nivel de lectura en voz alta. El grupo de los que mejores calificaciones tenían abarcaba la mayoría de buenos lectores del salón.  

En quinto nunca había leído en una izada de bandera, porque sabía que no era capaz. Y hasta ahora caigo en cuenta de que las izadas de bandera fueron, a final de cuentas, los espacios que me proporcionaron, a través de una especie de leyenda dramatizada y reiterada año tras año, ciertos relatos históricos fundamentales como el descubrimiento de América o los sucesos que se conmemoran el veinte de julio y el siete de agosto. Mi ignorancia sobre estas cosas había sido tal que estas distorcionadísimas representaciones eran todo lo que sabía sobre el tema.


Nunca (hasta noveno grado) supe qué significaba la palabra "emancipación". A pesar de que muchos años he recordado esa clase en la que Beatriz García nos hacía un pequeño dictado, cuyo contenido no recuerdo (pudo haber sido un texto trágico o uno humorístico, ella mantenía una velocidad tan lenta, para que pudiéramos escribir, que no tenía ningún sentido y su entonación era graciosa). Recuerdo que le remedé exactamente igual, repitiendo la palabra “éman-sí-pasión”.

Una clase de la semana era destinada al plan lector, que era ir a la sala de lectura para leer allá el libro que habíamos escogido de una colección específica. En tercero, cuarto y quinto, sucesivamente, leímos textos de torre roja, azul y amarilla, de editorial Norma. Yo los leí casi completos, pero no recuerdo haberlo hecho allí, sino en mi casa. O tal vez en la de mis abuelos. La verdad es que los espacios para leer en mi casa nunca faltaron.

Con todo y esto, muy poco fue lo que acudí a los libros para darme a la lectura como placer, a leer algo por mi cuenta. Los libros pertenecientes a la enciclopedia de El mundo de los niños, de Salvat me llamaban mucho la atención. Yo leía solamente los dos primeros párrafos de algunos artículos, pero sabía casi de memoria los títulos del de “las maravillas del mundo” y las imágenes de gran parte de los otros.

BIOGRAFÍA DEL SEBASTIÁN LECTOR Pt 1


1. Pre-escolar

Los rescuerdos que tengo sobre los primeros años en contacto con el tema de la lectura y su debido aprendizaje no son muchos. No solamente porque el don de la memoria a largo plazo se abstiene de recoger demasiados datos en los primeros años en que tiene su efectividad, sino porque, ya estando matriculado en el colegio, los dos primeros años hubo acontecimientos trascendentes en mi vida que, por un lado, probablemente absorbieron mucho más mi atención que las exigencias escolares, y por otra parte hicieron que me ausentara del aula en un par lapsos largos. Sin embargo esto apela a lo significativo de mis recuerdos como síntesis creada a partir de la oposición entre ámbitos académico y no académico un poco más fuertemente delimitados entre sí que los estudiantes promedio de aquellos cursos.

Del primer año, Pre-kinder, en la Fundación Colegio UIS, no recuerdo casi nada.  Recuerdo que había actividades que me gustaban más que otras, pero no recuerdo cuáles eran las unas o las otras. Recuerdo a la profesora Dora Lucía. Es posible que se me haya grabado su nombre por ser parecido al de mi mamá (Martha Lucía). En todo caso no recuerdo si en algún momento tuve la noción de que las dos tuvieran patrones “luciescos” en su forma de ser. Aquello que nunca se me olvidó fue que Dora Lucía era conocida de mi papá. Y no estoy deduciéndolo de algún pésame que ella me diera por la muerte de él en ese año en que me dictó clases. Tengo una imagen de ella en una habitación a la que mi papá me había llevado. Ella hablaba con él, no tengo idea sobre qué. De la imagen solo recuerdo que la ventana era muy grande y esto me llamaba mucho la atención.

Recuerdo que, en pre-kinder, los de kínder se me hacían ajenos por lo grandes. Que su salón quedaba entre el nuestro y las escaleras de bajar al patio, y que cuando pasábamos yo oía la voz de adentro y sabía que allí estaba Bety, la profesora de kínder. Recuerdo el piso del ancho corredor donde estaban los pre-escolar. No era monocromado, tenía  fondo amarillento, unos garabatos negros y blancos, pero en resumen era veis. En las paredes de ese pasillo estaban pegados los nombres de todos los de pre-kínder, en nubecitas de cartulina. Eso no lo recuerdo, sino que lo vi después, en una foto.

Entre pre-kínder y kínder no cambiaron mucho las cosas. Yo siempre fui olvidadizo. En pre kínder extravié el maletín con todos los útiles nuevos, el primer día de clases, y en kínder mi hermano (mayor dos años que yo) todavía me acompañaba al lugar donde hubiera estado y me ayudaba a buscar la cosas que se me perdían.
Varias veces perdí las gafas. Era muy difícil cuidarlas, no sé por qué. Realmente era muy difícil perderlas, si se tiene en cuenta los doce puntos de aumento que mi hipermetropía recetaba en ese momento: sin ellas veía casi que colores sin forma.

En kínder ya todos los adultos habían comenzado sus intentos por sumergirme en el mundo de la lectura.  Recuerdo que, los meses en que estuve enfermo de hepatitis, mi mamá, mi tía Adriana y mi abuela me leían en voz alta. No recuerdo cuáles textos. Ya cuando estuve mejor, me ponían a hacer ejercicios de una cartilla que tenía a caperucita en la portada. De la hepatitis solo recuerdo un helicóptero muy bonito que me obsequiaron durante la incapacidad. Después mi hermano me explicó que en principio se trató de una hepatitis A, que luego se hizo B. Se hizo tóxica porque el médico “era una bestia" y me "formuló un montón de antibióticos”.

En ese tiempo viví en la casa de mis abuelos, y porque recuerdo el hall de televisión en donde veía “Plaza Sésamo”, es que recuerdo que veía mucho ese programa. No tanto como luego me aferrara a “Los Caballeros de Zodiaco”, ya cuando vivía en el apartamento de Lagos IV, con mi mamá y mi hermano, pero sí lo veía con frecuencia  como para pensar que pudo
 tener cierta repercusión en las temporadas en que me alejé del colegio.