El 4 de agosto de 2011 presencié un escenario que nunca antes había tenido lugar en la Universidad industrial de Santander. Era el cuarto día de aplicación de las nuevas medidas de seguridad, procuradas por el consejo directivo de la universidad en coordinación con el ministerio de defensa y del interior. Iban a ser las doce del día y los integrantes del escuadrón anti-disturbios agredieron de manera indiscreta al estudiantado. Afortunadamente no hubo muertos.
Supe que un compañero de ingeniería mecánica tuvo un capítulo terrorífico una tarde en que se había desatado el tropel en la universidad. Él estaba dándole leche a algunos encapuchados y gritaba con odio a los policías, cuando uno de estos lo sorprendió por detrás, bloqueándolo en el piso para encerrarlo en una patrulla y allí propinarle una golpiza que lo dejó en clínica varios días. Pero nunca había sabido de una ocasión en la que el ESMAD hiciera tan evidente la falta de legitimidad que sufren las instituciones bélicas de Colombia.
Ese jueves 4 de agosto no fue necesario ningún pretexto para el proceder violento de los policías y tampoco fueron cautelosos en ocultar sus acciones. Yo y un par de miles de estudiantes más íbamos en nuestra rutina habitual a buscar el almuerzo, sin estar encapuchados, sin arrojar nada a los policías y sin siquiera mostrar simpatía o apoyo por el tropel; pero el paso estaba obstruido por veinte o treinta agentes del ESMAD, formados en posición de guardia, en toda la zona que rodea la portería al interior de la universidad. Vino la incertidumbre, pero duró poco, pues el estruendo de dos granadas de aturdimiento, acompañado por varios gases lacrimógenos disparados atrás y adelante del grupo de estudiantes, transformaron todo en un caos gobernado por el miedo.
Supe de tres estudiantes que fueron heridos en ese momento: dos, en las piernas, y uno, en la espalda, al parecer, por fragmentos que despedían las granadas al explotar. Pero es muy difícil saber cuántos heridos hubo realmente, o si en esta ocasión hubo estudiantes encerrados en la patrulla o la tanqueta de la policía; en cuanto hubo las explosiones, el estudiantado se hizo una estampida y los gases generaban un ardor fuerte en la piel y en los ojos, que impedía casi totalmente la visión. Gente con cara de llanto corría por todos lados, como en un cuadro dantesco.
A tres días de celebrar las fiestas patrias, que conmemoran la rebelión de un pueblo a su estado español, centenares de estudiantes eran intimidados por las fuerzas policiales del estado colombiano. Es supuesto que las armas que usan los escuadrones anti-disturbios están diseñadas para no herir a las personas, sino dispersar multitudes solamente. Y usar armas no convencionales es una violación del derecho internacional humanitario. Pero parece ser que los uniformados hacen adecuaciones para que sus detonaciones sí puedan causar daños graves. De hecho, hay investigaciones que así lo demuestran: las bombas y gases son "recalzados" con canicas, puntillas y material cortante. Yo soy testigo de haber visto una canica despedida del lugar donde cayó una de las bombas de aturdimiento ese 4 de agosto; incluso la guardé en mi bolsillo, de recuerdo.
Supe que hubo un estudiante en Bogotá que murió porque una de estas canicas se le insertó por un ojo. Afortunadamente eso todavía no lo he presenciado, pero he de reiterar que es la primera vez que veo, con mis propios ojos, a los encargados de la seguridad haciendo del espacio público algo inseguro.
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