1. Pre-escolar
Los rescuerdos que tengo sobre los primeros años en contacto con el tema de la lectura y su debido aprendizaje no son muchos. No solamente porque el don de la memoria a largo plazo se abstiene de recoger demasiados datos en los primeros años en que tiene su efectividad, sino porque, ya estando matriculado en el colegio, los dos primeros años hubo acontecimientos trascendentes en mi vida que, por un lado, probablemente absorbieron mucho más mi atención que las exigencias escolares, y por otra parte hicieron que me ausentara del aula en un par lapsos largos. Sin embargo esto apela a lo significativo de mis recuerdos como síntesis creada a partir de la oposición entre ámbitos académico y no académico un poco más fuertemente delimitados entre sí que los estudiantes promedio de aquellos cursos.
Del primer año, Pre-kinder, en la Fundación Colegio UIS, no recuerdo casi nada. Recuerdo que había actividades que me gustaban más que otras, pero no recuerdo cuáles eran las unas o las otras. Recuerdo a la profesora Dora Lucía. Es posible que se me haya grabado su nombre por ser parecido al de mi mamá (Martha Lucía). En todo caso no recuerdo si en algún momento tuve la noción de que las dos tuvieran patrones “luciescos” en su forma de ser. Aquello que nunca se me olvidó fue que Dora Lucía era conocida de mi papá. Y no estoy deduciéndolo de algún pésame que ella me diera por la muerte de él en ese año en que me dictó clases. Tengo una imagen de ella en una habitación a la que mi papá me había llevado. Ella hablaba con él, no tengo idea sobre qué. De la imagen solo recuerdo que la ventana era muy grande y esto me llamaba mucho la atención.
Recuerdo que, en pre-kinder, los de kínder se me hacían ajenos por lo grandes. Que su salón quedaba entre el nuestro y las escaleras de bajar al patio, y que cuando pasábamos yo oía la voz de adentro y sabía que allí estaba Bety, la profesora de kínder. Recuerdo el piso del ancho corredor donde estaban los pre-escolar. No era monocromado, tenía fondo amarillento, unos garabatos negros y blancos, pero en resumen era veis. En las paredes de ese pasillo estaban pegados los nombres de todos los de pre-kínder, en nubecitas de cartulina. Eso no lo recuerdo, sino que lo vi después, en una foto.
Entre pre-kínder y kínder no cambiaron mucho las cosas. Yo siempre fui olvidadizo. En pre kínder extravié el maletín con todos los útiles nuevos, el primer día de clases, y en kínder mi hermano (mayor dos años que yo) todavía me acompañaba al lugar donde hubiera estado y me ayudaba a buscar la cosas que se me perdían.
Varias veces perdí las gafas. Era muy difícil cuidarlas, no sé por qué. Realmente era muy difícil perderlas, si se tiene en cuenta los doce puntos de aumento que mi hipermetropía recetaba en ese momento: sin ellas veía casi que colores sin forma.
En kínder ya todos los adultos habían comenzado sus intentos por sumergirme en el mundo de la lectura. Recuerdo que, los meses en que estuve enfermo de hepatitis, mi mamá, mi tía Adriana y mi abuela me leían en voz alta. No recuerdo cuáles textos. Ya cuando estuve mejor, me ponían a hacer ejercicios de una cartilla que tenía a caperucita en la portada. De la hepatitis solo recuerdo un helicóptero muy bonito que me obsequiaron durante la incapacidad. Después mi hermano me explicó que en principio se trató de una hepatitis A, que luego se hizo B. Se hizo tóxica porque el médico “era una bestia" y me "formuló un montón de antibióticos”.
En ese tiempo viví en la casa de mis abuelos, y porque recuerdo el hall de televisión en donde veía “Plaza Sésamo”, es que recuerdo que veía mucho ese programa. No tanto como luego me aferrara a “Los Caballeros de Zodiaco”, ya cuando vivía en el apartamento de Lagos IV, con mi mamá y mi hermano, pero sí lo veía con frecuencia como para pensar que pudo
tener cierta repercusión en las temporadas en que me alejé del colegio.
tener cierta repercusión en las temporadas en que me alejé del colegio.
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