Bachillerato
De sexto a noveno grado estuve en la Fundación Colegio UIS. Allí siempre mantuve más o menos los mismos hábitos, o más bien ausencia de ellos, con respecto a la lectura. Los tres profesores de español que tuve fueron de mi desagrado, aunque los de ciencias sociales me parecían muy buenos. Rodrigo recreó la teoría evolucionista con pasión, de manera que para todos fue clara, y Mario Pérez fue el primer profesor fomentador de una postura crítica hacia la lectura que conocí en mi vida.
Gloria Amparo y Doris Escalante, de sexto y séptimo respectivamente, eran profesoras de español anticuadas. Viejas. Las dos, concibiendo aprendizaje como capacidad memorística, hacían la clase aburrida. La primera ponía todo el valor calificativo a detalles de forma (carteleras, toma de apuntes, presentación de trabajos) haciendo la materia “picha” para esos a los que la mamá les hacía las tareas. La segunda buscaba que recordáramos los sucesos de las narraciones que leíamos en textos literarios. Sus evaluaciones de texto literarios consistían en abrir el libro al azar, leer un pasaje y preguntar quién, dónde, cuándo y por qué lo dice.
Esta evaluación textual resultaba inconveniente para personas como yo, que esperaba, como en el caso de María, de Jorge Isaacs, que hubiera una versión cinematográfica para alquilarla y verla el día antes de la evaluación. Para completar, Doris era bastante subjetiva en sus calificaciones y nunca me tuvo en buena estima por ser hermano de mi hermano, uno de los estudiantes más indisciplinados de su promoción, así que nunca tuve muy buenas calificaciones con ella..
Después, en noveno grado, tuve clases de español con un profesor llamado Jimmy Fortuna, que recuerdo que fue mi director de curso el año en que mi cupo en Fundación Colegio UIS fue cancelado. En ese año se trabajó Rayuela, de Cortázar. Y yo, como era de esperarse, no lo leí: tenía un montón de nombres en francés y con demasiada frecuencia me encontraba con que no entendía lo que leía, así que en las clases, que consistían en una socialización de los capítulos que semanalmente había que leer, yo me dedicaba a hacer chistes, burlas de lo que decía el profesor y a hablar con mis amigos (los cuales todavía son mi grupo más cercano de amigos).
De la Fundación Colegio UIS, pasé al Seminario Conciliar San Pío X, de Floridablanca, donde los hábitos de lectura estaban mucho menos fomentados que en el anterior colegio. No había que esforzarse en leer ni someterse a la frustración de no hacerlo bien. Fue un descanso para mí, y vino seguido casualmente de que yo leyera en mis ratos libres La vida es Sueño, de Pedro Calderón de la Barca, libro que admito que comencé a leer porque lo citaban en una canción de Mago de Oz, que era uno de mis grupos musicales favoritos en ese entonces.
Fue una época que vino a mí no como un barroco evangelista, sino como un renacimiento: el régimen religioso se hizo tan obstinante que comencé a sentir no solamente falta de fe sino fastidio por la interpretación mística cristiana. Así que las razón y las letras fueron una exaltación reaccionaria. Entonces di con la lectura de mitología nórdica, por los grupos de Black Metal y textos sobre el satanismo y su discurso filosófico. El texto de Anton Lavey, que me pareció bastante lúcido mas no genial, me remitió a Nietszche y su obra “Así habló Zaratustra”. “Ahora he leído algo muy elevado”, así habló Sebastián a su corazón después de leer semejante obra.
Puede tomarse como un factor influyente en mi actitud un poco más pretenciosa de ese año el hecho de que la profesora de español era joven y bonita y resultaba inevitable querer llamar su atención de alguna manera. Encímesele que era un colegio de solo varones. En el país de los ciegos el tuerto es el rey y en el seminario yo era “el loco”. Distinguido por mi conducta excéntrica (con respecto a lo habitual en ese colegio) y mi calificaciones altas a pesar de ser del grupo de los más indisciplinados.
Por último, pasé de rodearme de solamente hombres a rodearme de un número altamente superior de estudiantes mujeres en el colegio Nuestra Señora del Pilar. Éramos cinco hombres, con casi quinientas compañeras en undécimo y cursamos un año en el que absolutamente todos los actos evaluativos de orden académico giraban alrededor de las preguntas tipo ICFES. La profesora de español, otra vez de edad avanzada, abordó el Quijote con nosotros, repartiendo la lectura de la obra en grupos, de tal manera que a cada uno le correspondía leer solamente de cinco a diez capítulos. También se trabajó una lista de autores reconocidos, de la cual yo escogí a Camilo José Cela, y su Familia de Pascual Duarte.
En este año sí leí los textos que el colegio sugería y algunos otros, como la Metamorfosis de Kafka. Además, comencé a escribir pequeños poemas que compartía en MSN Grupos con gente de países diferentes que tenía en común el Rock y el Metal. Toda una nueva actitud frente a la lectura que podría explicarse con la motivación de ser el alumno más destacado del salón, pero que yo no puedo negar que estuvo más vinculada con la aparición en mi vida de cierta rubia hija de cierto jazzista que hizo que mis gustos se volvieran más bohemios.
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