Vida universitaria
No fue fácil escoger la carrera que quería hacer. En el colegio, muchos profesores y compañeros me sugerían que entrara a medicina, ya que el puntaje del examen de estado me alcanzaba. Pero yo ya había visto, con la experiencia de mi hermano, quien entonces estudiaba eso, que ésa era una carrera en la que había que memorizar muchísimas cosas y leer libros del volumen de tres directorios telefónicos juntos.
Yo en realidad quería estudiar algún arte, pero, en mi casa, la idea de que los artistas se mueren de hambre se me había incrustado en el cráneo. Y a pesar de ser melómano, haber pintado cuatro pequeños cuadros al óleo y participar en un grupo de MSN de poesía a los quince años, mi mente se encontraba en un nihilismo febril y despechado. Estaba seguro de que vivir de un trabajo apasionante, así como tener un don artístico que los demás no, eran fantasías adolescentes que se irían con los años de pagar facturas. Así que quería estudiar una carrera fácil; en la que no hubiera que leer mucho y cuya dificultad residiera en las matemáticas: una ingeniería.
Mi padrino es ingeniero civil, mi papá fue ingeniero civil, mi padrastro es ingeniero civil y yo era, en 2006,. estudiante de ingeniería civil de la Universidad Industrial de Santander. Y tal como lo había presupuestado, el esfuerzo para pasar las materias de esos tres semestres fue mínimo. Mis calificaciones no eran las mejores, pero podía darme el lujo de pasar todo el día en la entrada del auditorio, jugando "UNO" o parqués, mientras sabía de otras personas se pasaban tardes enteras estudiando en el hacinado centro de estudios y sus notas las tenían en "condicional".
En ese grupo de los que fueron primíparos de ingeniería civil conmigo, definitivamente no abundaba la lectura. Recuerdo que un compañero, en un "taller de lenguaje", donde había que aprenderse las normas ortográficas, sacó calificación negativa en un examen. Sacó -2,7 porque cada error ortográfico restaba una décima y él había tenido 72 errores en las dos páginas de evaluación.
Yo, en ese entonces, por no aburrirme en mis ratos libres, los cuales nunca compartía con mis compañeros de carrera, había comenzado a leer los libros de la hermosa colección de clásicos del "Círculo de lectores" que había en la casa de mi abuela. Eran unos tomos de lomos duros color café con garabatos dorados, de esos que no son tan viejos para tener las hojas quebradizas, pero sí son los suficientemente antiguos para guardar entre sus páginas un aroma particular, como de anaquel olvidado pero elegante, un aroma diríase que añejado como un vino, que incita a leer.
Solamente duré tres semestres en esa carrera. Por un lado, porque los compañeros se me hacían personas totalmente ajenas a mí, y sabía que en el futuro esto no cambiaría. Ésas serían el tipo de personas de las que me rodearía toda mi vida, en un trabajo tan absorbente social y emotivamente como el de un ingeniero. Por otra parte, me di cuenta de que la mayoría de ingenieros estaban destinados a ver desaparecer su creatividad, desvanecida con el peso de los largos años y el vicio de los largos pesos. Yo quería una carrera más humilde, que no exigiera tanto esfuerzo ni tanto tiempo, de manera que pudiera dedicarme paralelamente al arte, pero también tuviera algo de enriquecimiento simultáneo en la academia.
En 2007, tras la muerte de mi abuelo, yo me fui a vivir con mi abuela, quien, a pesar de no tener mucha afinidad con la filosofía o las estructuras profundas respondables de gran parte de la estética literaria, es una ávida lectora y tiene mucho tiempo para esta actividad, ya que es pensionada. Yo me considero afortunado de haber pasado un semestre sin estudiar, viviendo en el apartamento de ella, leyendo varias horas diarias o más bien varias horas nocturnas.En esta época leí las obras que más he disfrutado en mi vida. Recuerdo que pasé una noche en vela leyendo Crimen y Castigo y se me hacía cómico y extraño, porque nunca me había trasnochado estudiando o leyendo algo académico que revisaran al día siguiente.
En esta época tuve que reprimir un sueño espontáneo que había surgido al visitar la ciudad de Medellín. Quería irme a vivir allá para estudiar artes plásticas en la universidad nacional, pero no hubo patrocinio. Hubo que tomar el camino más largo, pero por eso mejor, de la autodidáctica, así que comencé a pintar cuadros al óleo para la venta, aprendiendo por mi cuenta.
Finalmente empecé la licenciatura en español y literatura que estoy cursando en este momento. Una carrera que me imaginé que sería fácil porque los profesores que he tenido en mi vida nunca parecieron haber tenido que esforzarse para alcanzar su título.
Con el paso de los semestres me di cuenta de que el campo de la pedagogía sí es un terreno que exige horas y horas de esfuerzo mental en articulación de conceptos multidisciplinarios. Pero en el primer periodo académico, cuando conocí a mi nuevos y definitivos compañeros de carrera, aún estaba convencido de mi hipótesis. Y se confirmaba ante mis ojos cuando me daba cuenta del puntaje tan bajo que las pruebas de estado exigían para esta carrera y la correspondiente cantidad de personas que estaban matriculados en el programa solo por estudiar algo. Lo que fuera.
Ahora estaba en un universo perpendicular en el que las personas no huían de la lectura, sino que habían elegido la carrera que menos matemáticas tuviera. Había muchas personas que me recordaban a ese compañero de mi primer colegio que defendía las famosas inteligencias múltiples. Él decía que los literatos no tenían la inteligencia matemática de los ingenieros. Y varias personas de la licenciatura se aferraban a esta idea con airado menosprecio por los ingenieros tratando de proteger su autoestima intelectual. Yo no concebía a Borges en la cabeza de alguien que no entendiera teoría de conjuntos, pero las demás personas siempre son un universo autodelimitado e infinito a su vez, así que no había por qué ser despectivo.
Por supuesto, me imaginé que no todas las personas serían así. Que habría amantes de la buena literatura y personajes preocupados por la educación colombiana. Pero nunca me olvidaré de la orientadora de verdes ojos entre los churcos que le preguntaba a un compañero X ¿cuál es su mayor cualidad? y de éste respondiendo "que soy muy intelectual". La imagen de ese compañero X se volvió para mí el epítome de la docencia actual.
Más tarde, en esa primera semana de clases, hubo un ejercicio en el que yo tuve que preguntarle a él por su autor favorito:
-¿Cuál es su autor favorito, compañero X?
-Kant
-¿Por qué, compañero X?
-Porque es muy poético, muy sentimental.
Y lo que finalmente consagró al compañero X como la síntesis de los educandos colombianos fue su respuesta en el momento de compartir la pregunta sobre el libro favorito. ¡"El anticristo", de Kant!
Yo estuve a punto de arrojar un comentario burlón, pero las caras del resto de compañeros solamente miraban mudas, algunas incluso asintiendo con las cejas levantadas en señal de beneplácito. Un chiste habría sido estéril. Y árido era el panorama lector que se veía en el curso.
Por cultura general, yo sabía que normalmente las cosas a las que uno se dedica en rigor académico, o aquellas que asume como su trabajo, se vuelven monótonas y pierden el encanto. Y las taxonomías de algún profesor paisa junto con las palabras tartamudas de cierto docente universitario que a la vez no era docente universitario, porque no tenía una Maestría, me llevaron a creer que estaba en lo cierto y que habría que considerar la literatura como un chivo expiatorio:
Si bien lo que a mí me interesaba era el arte, había que prescindir del goce en la literatura, para poder obtener de su disección una idea general de lo que hay dicho histórica y epistémicamente con respecto a la estética. Y de esa manera nutrirme para el campo de la pintura o lo demás.
Tan decepcionado estaba del deleite literario como Harry Haller lo estaba del placer de vivir. Y fue entonces cuando, igual que al personaje de Herman Hesse, El Lobo Estepario vino a mis manos por casualidad y se quedó allí varios meses. No podía hablar sobre otra cosa. Tal vez nunca había disfrutado tanto un libro.
Luego de esta obra sucedió que el resto de lecturas me parecían muy pobres, pero finalmente, acogiendo algo de lo que pudiera enseñarme el libro, me entregué con mucha más sencillez a abordar el resto de manifestaciones estéticas que vinieran en adelante. Desde una tolerancia hacia el vallenato y el reggeton hasta una disposición mucho más entusiasta y receptiva hacia los cuentos que se trabajaron en la materia dictada por el profesor Saavedra (el segundo menos desatinado de la carrera, a mi juicio).
Sin importar que los respetados profesores fueran muchas veces una realización futura del compañero X, yo me he reconciliado con la literatura y en estos momentos aspiro ser parte de esa nueva generación que traslade las complejidades estéticas, materialistas y simbióticas del arte a las manifestaciones audiovisuales interactivas. Para demostrar que es un desperdicio de tiempo especializar el módulo del lenguaje en un montón de letras y sintagmas que ni siquiera pueden abarcar en tomos gruesos lo que una aplicación multimedia o una película pueden llevar a la mente del niño en cuestión de horas.
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