miércoles, 10 de noviembre de 2010

BIOGRAFÍA DEL SEBASTIÁN LECTOR Pt 2

Primaria

Después de pasar por kínder, continué en la Fundación Colegio UIS. Que ya no era el mismo limitado mundo de los años anteriores, sino un inmenso patio al que ahora tenía acceso, junto con dos canchas, un número altamente multiplicado de compañeros y la mala suerte de tener que estar sometido al rigor de Wilson Espíndola, el coordinador de disciplina que amenazaba con bajarle los pantalones en frente de todo el colegio a aquél que sorprendiera con la camisa por fuera.

Del agrado que siempre me causaron los profesores de matemáticas y de pensar ahora que a uno le agradan los profesores que le dictan las materias para las que uno es hábil, puedo deducir que siempre me incliné más hacia los números que hacia las letras. Leer era difícil y aunque Cecilia, mi profesora de primero y de tercero, era una señora muy paciente y comprensiva, nunca fui el mejor del salón leyendo.

 Para mí siempre fue un terror leer en voz alta. Tanto en las clases como en las novenas que celebran a fin de año. En el salón de clase ésta fue una actividad recurrente todos los años y recuerdo que siempre resultaba más agradable para todos que leyera el alumno que normalmente estaba en el cartón del mejor del mes. Ése mismo que todos los años izaba bandera por excelencia. Recuerdo que más adelante ese compañero y otro de perfil parecido me hicieron caer en cuenta de que, en la vida real, los nerds eran los mismos atletas, diferente al mundo de algunas series televisivas en que normalmente los unos eran diferentes y abusadores con respecto a los otros.

Así es que nunca vi las gafas como una contrariedad muy grande a la hora de desenvolverme en el mundo de primaria. Sin embargo se dio la oportunidad de someter mi irregular córnea a una intervención correctiva con láser, y a mis siete años, cursando segundo, solo para volver a las aulas prescindiendo de anteojos, me ausenté otro par de meses del martirio de tener que poner atención a los profesores ciencias sociales, español, ciencias naturales o ética hablando de cosas que ni siquiera podía recordar al acabar el día.

Cuando mi hermana menor cursaba primaria, yo le preguntaba qué había visto en las materias mencionadas el último mes, y al igual que yo en esa época, no sabe dar una idea exacta. Uno no se acuerda de lo que ha visto durante el día, mucho menos lo de un mes o un año. Pero era muy diferente cuando me preguntaban por matemáticas. Primero, tal vez las clases de matemáticas calaban mejor en mi memoria, teniendo en cuenta que me gustaban mucho y además ya tenía la autoconfianza de ser uno de los mejores del salón en ese asunto. Segundo, y esto tiene más de conjetura personal, las matemáticas y las ciencias naturales (biología y tal vez otras disciplinas clásicas de corte positivista) eran temas que se podían aislar en una definición, así fuera tautológica: estamos viendo la resta: la resta es lo inverso de la suma. La suma es lo inverso de la resta. Estamos viendo el inverso aditivo: es el que en realidad se suma cuando se cree restar.

Los temas de matemáticas se iban usando a medida de que se entendían, haciendo de lo venidero lo más complejo y a la vez una acumulación permanente de todo. De manera que uno no olvidaba nada, porque constantemente usaba los conceptos en pro de entender más relaciones lógicas. Era como jugar, que es lo que el intelecto de un niño más apetece.
En comparación, las otras materias eran como trabajar. Porque el juego se asocia más con recreación de la memoria o resolución de acertijos, y el trabajo está más connotado al uso no placentero de las competencias para resolver problemas materiales.

Esos meses de recuperación de la cirugía pude darme unas vacaciones de no lectura. Tenía uno que otro dolor de cabeza y era muy incómodo tener dos protectores en forma de ojos de mosca que impedían que me quitara bruscamente la comezón; pero estaba libre de la rigurosidad en la exigencia del orden, la incomodidad del uniforme y la petición de escribir nuestra propia condena dominical al momento de copiar del tablero la palabra “tarea”.
Recuerdo que era tedioso tener que revisar cada cuaderno con su correspondiente tarea. En primero fueron dos o tres los que había que mirar; pero en segundo el incremento de materias y de cuadernos fue dramático: pasaron a ser unos diez. Al principio me gustaba llevarlos todos. Luego me di cuenta de que cansaba mucho. Pero al final terminé llevándolos todos, otra vez, en ahorro de tener que mirar el horario.

Del cuarto grado solamente recuerdo que aún no podía leer fluidamente en voz alta, pero esto no me hacía sentir inferior, porque tenía otros méritos, como haber quedado de tercero en las olimpiadas departamentales de matemáticas que hacía la universidad Antonio Nariño. Sin embargo recuerdo muy claramente que en el colegio, en ese año ya había una división del salón en “rosquitas” (algunas se hacían llamar pandillas), cuya organización iba determinada por género (niños y niñas) y tenía una división por afinidades: deportistas y sedentarios; amantes de los tazos y amantes de hacer bromas. Grupos en los que de una u otra manera el nivel académico era una constante. Había dos grupitos muy diferentes en un mismo promedio de calificaciones y había casos de parejas o tríos en los que unos tenían mejores calificaciones que los otros, pero era muy general que todos los de la rosquita fueran más o menos del mismo nivel de lectura en voz alta. El grupo de los que mejores calificaciones tenían abarcaba la mayoría de buenos lectores del salón.  

En quinto nunca había leído en una izada de bandera, porque sabía que no era capaz. Y hasta ahora caigo en cuenta de que las izadas de bandera fueron, a final de cuentas, los espacios que me proporcionaron, a través de una especie de leyenda dramatizada y reiterada año tras año, ciertos relatos históricos fundamentales como el descubrimiento de América o los sucesos que se conmemoran el veinte de julio y el siete de agosto. Mi ignorancia sobre estas cosas había sido tal que estas distorcionadísimas representaciones eran todo lo que sabía sobre el tema.


Nunca (hasta noveno grado) supe qué significaba la palabra "emancipación". A pesar de que muchos años he recordado esa clase en la que Beatriz García nos hacía un pequeño dictado, cuyo contenido no recuerdo (pudo haber sido un texto trágico o uno humorístico, ella mantenía una velocidad tan lenta, para que pudiéramos escribir, que no tenía ningún sentido y su entonación era graciosa). Recuerdo que le remedé exactamente igual, repitiendo la palabra “éman-sí-pasión”.

Una clase de la semana era destinada al plan lector, que era ir a la sala de lectura para leer allá el libro que habíamos escogido de una colección específica. En tercero, cuarto y quinto, sucesivamente, leímos textos de torre roja, azul y amarilla, de editorial Norma. Yo los leí casi completos, pero no recuerdo haberlo hecho allí, sino en mi casa. O tal vez en la de mis abuelos. La verdad es que los espacios para leer en mi casa nunca faltaron.

Con todo y esto, muy poco fue lo que acudí a los libros para darme a la lectura como placer, a leer algo por mi cuenta. Los libros pertenecientes a la enciclopedia de El mundo de los niños, de Salvat me llamaban mucho la atención. Yo leía solamente los dos primeros párrafos de algunos artículos, pero sabía casi de memoria los títulos del de “las maravillas del mundo” y las imágenes de gran parte de los otros.

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